27 de febrero de 2009

Retiro de Yoga en Piedralaves

Más información: www.sivananda.org/madrid



Por fin llego el viernes, día de marcha hacia el retiro en Ávila. Es la primera vez que vamos a este lugar…Da gusto hacer la maleta: zafu, ropa cómoda, algo de abrigo y poco más…

Emprendemos el viaje, según van pasando los kilómetros, la mochila del diario va aligerándose. Empezamos a desconectar de Madrid para ir sintonizando poco a poco con el “retiro”. El cambio es considerable: asfalto, bullicio, prisas y ese “vivo sin vivir en mí” que parece inherente a urbe se va transformando con el viaje, casi imperceptiblemente al igual que el paisaje que de tonos grises y pardos va cambiando al verde exuberante salpicado por las mimosas y los almendros en flor que nos anuncian la llegada de la primavera. No hay atascos ni retenciones, las deficiencias del GPS fueron subsanadas con el sentido común. Seguramente el “Tryambakam” tuvo algo que ver en el buen transcurso del viaje.

Llegamos a Piedralaves. A la entrada nos encontramos con Swami y algunos profesores. Comentamos las primeras impresiones sobre el centro rural. Todos coincidimos en que el lugar daba sensación de apertura, sin obstáculos en su arquitectura, sencillez y comodidad. El joven que regenta el centro nos indica nuestras habitaciones y de una forma cordial y casi familiar nos explica los trámites burocráticos que tenemos que hacer. Si bien sabemos que la energía la llevamos nosotros - la escuela Sivananda -, el lugar y la acogida cálida facilitándonos la estancia, ayudan a concentrarse y poner toda la atención en la práctica del “Sádhana”.

Me dirijo a la habitación a dejar el equipaje. La curiosidad me empuja a dar una vuelta por el recinto y conocer las dependencias. Y casi sin pensarlo salgo, encontrándome con otros compañeros. Llego a la sala de yoga, el altar ya ha sido colocado. En ese momento swami comienza a cantar el “árati”.

Hemos llegado temprano, faltan bastantes compañeros por llegar. En poco rato irá apareciendo el grueso del grupo, pues a las 4 empieza la primera clase de ásanas. El sol entra radiante en la sala. Narayan comienza con energía, nos hace estirar, retorcernos y en definitiva ir abriendo nuestros cuerpos y mentes a otro plano más sutil. Las ásanas y el pranayama abren el apetito. Al salir de la sala para dirigirnos al comedor. La cena, deliciosa, se hace muy difícil parar, y hay postre, que tentación tan grande.

Antes del “Satsang”, salimos a respirar el aire puro de la sierra de Gredos. Se ve los últimos rayos de sol y los colores del atardecer. “Satsang”: los sentidos se van desconectando, ya no hay colores ni sabores. Estamos en la meditación. Las imágenes y el diálogo mental se va aquietando, las indicaciones de Swami nos ayudan. Los cantos y el japa (repetición de mantras) nos hacen volver al exterior, uniéndonos en una sola vibración con el sonido. Después del “árati” y de tomar el “prasat”, nos reúne para distribuir las diferentes tareas. ¡Lo sabía!: me toca preparar el “prasat” de la mañana. Dormiré fatal, pensando que a lo mejor no me despierto a tiempo. Efectivamente, la orden mental estaba dada. Duermo fatal pero consigo despertarme e ir a la cocina, casi a tientas para preparar el “prasat” con Gauri. Todo está abierto, todo resulta fácil. La fruta está a mano, disponible en cantidad.

Seis y media de la mañana: segundo “Satsang”. Aún no amaneció. Depositamos el “prasat”, sintiéndonos cada vez un poquito más instrumentos de la acción. Hace frío, nos arropamos y comienza la meditación. El OM vuelve a llenar la sala y los cantos comienzan con “Jaya Ganesa” ayudándonos a vencer los obstáculos en nuestra senda espiritual. Swami nos cuenta un cuento. Me encantan los cuentitos, son como destellos intensos de luz muy concentrada. Mucha información en pocas palabras. ¿Por dónde entraran los cuentos, que llegan tan hondos? Por el intelecto, no, desde luego. Hoy el día es más gris y frío, ayudándonos a interiorizar un poquito más. En la primera clase de ásanas de la mañana, a las ocho, el cuerpo está rígido. Tengo que estar atenta en las retenciones de “Kapalabhati” pues me voy hacia delante, me duermo. El “Anuloma viloma” me cuesta, que lento van contando, ¿será que he dormido poco?. Con gran esfuerzo continúo la clase y en la relajación final me quedo inconsciente, ¿dónde estuve?.

Después del desayuno, viene el paseo en silencio. Se anuncia con un toque de campana. Me incorporo al círculo de asistentes y agarrándonos de las manos cantamos a Krsna y Rama. Mahadev nos indica que tenemos que ir en silencio durante la ida, observando y atentos al camino. Ahora los sentidos se abren. Hasta los colores son más intensos, el canto de los pájaros más claro. Nos cruzamos con un rebaño de ovejas y cabras que van en dirección contraria a nosotros. Es espectacular el silencio que guardan, hasta un corderito recién nacido emite un tímido “bee” que se ahoga en el silencio del grupo. Parece que al igual que nosotros están haciendo un paseo silencioso. Swami se detiene cerca de un arroyo y paramos la marcha sentándonos a meditar. El sonido del agua capta la atención y poco a poco ocupa todos nuestros pensamientos… El Om vuelve a sacarme fuera y ahí estoy, con mis compañeros de camino. Dentro, fuera, fuera y dentro. Cada vez es más fácil. La mente cada vez está más tranquila, todo fluye. Ya lo observe en otros retiros. El “Sádhana” funciona. Es como si supiera lo que tengo que hacer en cada momento, no hay esfuerzo.

Observo a los niños corretear y jugar a historias imaginarias en el jardín. Es uno de los primeros retiros a los que asisten los hijos de los yoguis. Parecen abejitas polinizando el lugar, de un lado para otro, con esa energía propia de la infancia. Laskmi lo está consiguiendo. Tal vez no dentro de mucho, Mádhavi acerque a los retiros el otro eslabón del ciclo de la vida, la tercera edad.

Las conferencias siempre son inspiradoras y aunque haya asistido a varias sobre el mismo tema hay una información que en ese momento preciso es la adecuada a mis necesidades. Otra sesión más de ásanas, a las 4 de la tarde, nos hace resituar un poquito más: otra vuelta de tuerca. El “Satsang” del sábado tarde tiene mucho prana, estamos todos recargados. Se nota una energía muy especial. Swami está contento y nosotros también. Cantamos y tocamos con fuerza. Esa noche duermo sin ningún esfuerzo. Caigo como un lirón. Ya no tengo preocupaciones.

Es domingo y dentro de unas horas volveremos a nuestros respetivos papeles en nuestros pueblos, en nuestras ciudades. Pero da lo mismo, ya sabemos que existe un espacio en el que podemos descansar y volver a conectar con el niño que llevamos dentro. Con la sorpresa y la intensidad que nos proporciona vivir el presente, gracias al “Sádhana” milenario que nuestros maestros nos enseñaron: “Om namo Narayanaya”.

Artículo elaborado por Prema, profesora del Centro de Yoga Sivananda de Madrid

Más información: www.sivananda.org/madrid